El que siembra tormentas, cosecha tempestades

El que siembra tormentas, cosecha tempestades

Por Carlos E. Aguilera
Foto AP

Era previsible, porque ya en anteriores ocasiones cuando el hijo de Sabaneta, en sus encendidas arengas en asambleas, campañas y apariciones públicas, incitaba a tomar medidas que recurrentemente encendían la iracundia de sus seguidores, estos asumían un comportamiento violento, cargado de odio, venganza y desprecio hacia sus semejantes por no comulgar con su lineamiento político, por lo que ocurrían y siguen ocurriendo vergonzosos episodios de violencia que en los últimos tiempos son recurrentes en el país, con protagonistas del régimen socialista, marxista y mal llamado bolivariano.

En las páginas negras de la historia contemporánea han quedado registrados estos sucesos como “crónicas de hechos anunciados”. Solo basta que Maduro o Cabello, en sus afanosas y fastidiosas apariciones por televisión, den órdenes a sus acólitos, para que inmediatamente sucedan a lo largo y ancho de todo el territorio nacional hechos de violencia como los registrados últimamente en los estados Zulia, Barinas, Táchira, Bolívar, Falcón, Apure, Miranda, Portuguesa, Trujillo, Monagas, Sucre y Nueva Esparta.

Esta gente viola tranquilamente la Ley contra el Odio, por la Convivencia Pacífica y la Tolerancia, votada unánimemente por la Asamblea Nacional el 8 de noviembre del año 2017, la cual establece entre otras cosas penas de 20 años de cárcel para quienes trasgreden esta disposición constitucional, pese a que Maduro expresó ante los constituyentes, el 10 de agosto de 2017 cuando presentó a consideración dicha ley, que “ha llegado la hora de, a través de un gran proceso político de creación de conciencia, castigar los delitos de odio, la intolerancia en todas sus formas de expresión y que se acaben definitivamente”. Palabras que no pasaron de ser sino simplemente una pachotada más de las que frecuentemente suele hacer uso populista y demagógico. Fue, pues, el comienzo sin fin de lo que estamos viviendo hasta la presente fecha.

Estamos en presencia de un país en el que la anarquía, el desafuero y  la violencia se han constituido en el portaestandarte de quienes se ufanan de ser revolucionarios, socialistas y mal llamados bolivarianos.

Salvando las distancias y por las circunstancias graves que confronta el país desde hace 23 años en su estamento social y político, rememoramos un concepto historiográfico que hace referencia a las transformaciones operadas durante la crisis del siglo III y el Bajo Imperio romano, que a partir de 395 condujeron a un rápido deterioro del poder romano, y al hundimiento del Imperio de Occidente, cuyo último emperador efectivo, Rómulo Augústulo, fue depuesto por el caudillo hérulo Odoacro, empleado al servicio de Roma.

Es necesaria esta referencia histórica por las circunstancias que originaron la decadencia y caída del Imperio romano, una de las cuestiones más debatidas y estudiadas de la historia, pues  es considerada por algunos como «el mayor enigma de todos», y ha sido uno de los ejes del discurso histórico clásico desde san Agustín de Hipona. Los siglos XX y XXI han visto multiplicarse el interés por este problema histórico, debido probablemente al hecho de que la civilización contemporánea tiene muchos rasgos comunes con la de la Antigüedad Tardía, y a que la cultura occidental está en un período de transición, como la Roma de los siglos III y IV.

Para muchos parecerá una absurda comparación de este hecho histórico con lo que acontece en nuestro país, pero solo pretendemos mediante esta analogía comprender que no existe un poder supremo. Aunque a veces es inadmisiblemente tolerado por determinado tiempo, hasta que se abren las compuertas del dique de una crisis social, política y económica, que genera el descontento de sus gobernados y no hay obstáculo alguno que pueda frenar sus derechos, que como en el caso nuestro lo estipula la propia Constitución en el artículo 350: “El pueblo de Venezuela, fiel a su tradición republicana, a su lucha por la independencia, la paz y la libertad, desconocerá cualquier régimen, legislación o autoridad que contraríe los valores, principios y garantías democráticas o menoscabe los derechos humanos”.

La propia letra del artículo antes citado obliga a los venezolanos a hacer valer sus derechos  tan vulnerados por quienes llegaron al poder, mediante una fingida acción que los hizo pasar por auténticos demócratas, para al poco tiempo sacar las garras y mostrar los colmillos de la tan mentada revolución socialista del siglo XXI, hoy letra viva en vallas publicitarias, propaganda en las televisoras y emisoras del Estado, afiches en las oficinas e instituciones públicas y para colmo de los colmos, en los nuevos textos escolares entregados a párvulos que cursan la enseñanza primaria.

Solo un jaquetón, sustantivo masculino cuya analogía según el DRAE significa valentón, fanfarrón, perdonavidas, arrogante, baladrón , engreído, pedante, presumido y soberbio, es capaz de haber llevado al país a los extremos que hoy día padece: miseria, hambre, desempleo, inseguridad, corrupción, narcotráfico, nepotismo, alto costo de la vida, escasez de alimentos y todas las penurias que la familia venezolana viene experimentando, desde que llegaron al poder democráticamente los revolucionarios socialistas, marxistas mal llamados bolivarianos, hace ya casi 23 años.

Las graves consecuencias de esta debacle  han deteriorado no solo la calidad de vida de los venezolanos, sino también ha generado dolorosas situaciones en el seno de muchas familias que han perdido hijos, hermanos, padres y parientes a manos de la delincuencia desbordada, que ahora más que nunca hace de la suyas. A este martirio se suman la escasez en hospitales de medicinas e insumos, que imposibilita el tratamiento de pacientes, niños, hombres y mujeres con padecimientos coronarios, diabetes, cáncer y otras enfermedades, que tienen que afrontar con dolor, impotencia y no bien disimulada rabia, por la negligente respuesta de un régimen que ha dilapidado en 23 años todos los recursos del erario nacional.

Hace algún  tiempo, Heinz Dieterich, el ideólogo del llamado socialismo del siglo XXI, sugirió abiertamente una solución inmediata, en un último intento para salvar el proceso político y económico de Venezuela, pero no asomó remedio alguno para calmar la angustia y dolor de cientos de miles de venezolanos que ávidamente esperan salir de esta terrible pesadilla, y evitar que casi 7 millones de compatriotas abandonaran el país, en procura de aliviar su dolorosa situación económica, la de sus hijos, nietos y familia.


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